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Cuentos con enseñanza

El príncipe que aprendió a ver en la oscuridad

En las orillas del gran Río Nilo, donde el agua brillaba como plata bajo la luz de la luna, vivía un príncipe joven llamado Khaemwaset. Era un muchacho ingenioso, con ojos curiosos y un corazón valiente, aunque a veces sentía miedo de las cosas que no podía entender. Su padre, el

6-8 años · 10 min de lectura · Cuéntamelo Otra Vez

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En las orillas del gran Río Nilo, donde el agua brillaba como plata bajo la luz de la luna, vivía un príncipe joven llamado Khaemwaset. Era un muchacho ingenioso, con ojos curiosos y un corazón valiente, aunque a veces sentía miedo de las cosas que no podía entender. Su padre, el Faraón, le había encomendado una misión importante: viajar hasta el templo más antiguo de Egipto para entregar un regalo sagrado a la diosa Bastet, protectora de los hogares y guardiana de la música.

Khaemwaset sabía que no sería un viaje fácil. Había escuchado historias en los corredores del palacio sobre los peligros que acechaban a los viajeros: acertijos imposibles de resolver, criaturas misteriosas, y lugares donde incluso la luz del sol parecía desvanecerse. Pero el príncipe estaba decidido. Tomó el regalo —una pequeña estatua de oro con forma de gata— y partió al atardecer, cuando el cielo se teñía de naranja y púrpura.

Mientras caminaba por el primer camino, Khaemwaset notó algo extraño. El aire se había vuelto espeso, como si un velo invisible lo rodeara. De pronto, el camino se dividió en tres senderos diferentes, cada uno más oscuro que el anterior. En el centro de la encrucijada, una voz profunda y misteriosa resonó:

—¿Quién se atreve a pasar por aquí sin permiso?

El príncipe levantó la vista y vio a la Esfinge. Su cuerpo era tan grande como una montaña, con el poderoso cuerpo de un león dorado, pero su rostro era el de una mujer hermosa y seria. Sus ojos antiguos brillaban con sabiduría, y su melena ondeaba como si un viento invisible la moviera.

—Soy el príncipe Khaemwaset —respondió el muchacho, intentando mantener la calma, aunque su corazón latía rápidamente—. Viajo al templo de Bastet con un regalo sagrado.

La Esfinge inclinó su enorme cabeza y sonrió levemente.

—Para pasar, debes responder mi acertijo. Pero antes de que hagas eso, debo decirte algo importante: muchos viajeros llegan hasta aquí llenos de miedo. Piensan que el miedo es algo malo, algo que deben esconder. Pero yo he aprendido, en mis miles de años cuidando este camino, que el miedo es simplemente una puerta cerrada. Y como todas las puertas, puede abrirse si encuentras la llave correcta.

Khaemwaset escuchó con atención. Nunca había pensado en el miedo de esa manera.

—¿Cuál es la llave? —preguntó el príncipe.

—La curiosidad —respondió la Esfinge—. Cuando tienes curiosidad, dejas de correr y empiezas a mirar. Cuando miras de verdad, descubres que la mayoría de las cosas no son tan peligrosas como parecen en la oscuridad. Ahora, escucha mi acertijo: Tengo ciudades, pero no casas. Tengo montañas, pero no árboles. Tengo agua, pero no peces. ¿Qué soy?

El príncipe respiró profundamente. Sintió el miedo todavía presente, pero ahora lo veía diferente. Era como una pregunta que necesitaba respuesta. Cerró los ojos y pensó en lo que la Esfinge había dicho. Ciudades sin casas... montañas sin árboles... agua sin peces. De pronto, una idea iluminó su mente.

—¡Un mapa! —exclamó—. Un mapa representa ciudades, montañas y océanos, pero no son reales.

La Esfinge rugió suavemente, un sonido que parecía una risa antigua y profunda.

—Correcto, pequeño príncipe. Has visto más allá de tu miedo. Has usado tu ingenio. Puedes pasar. Pero recuerda: el verdadero valor no es no tener miedo. Es seguir adelante incluso cuando tienes miedo, porque confías en tu propia sabiduría.

Khaemwaset continuó su viaje, y los ojos de la Esfinge lo siguieron hasta que desapareció en el horizonte.

Más tarde, cuando las sombras se alargaban y el cielo se volvía más oscuro, el príncipe llegó a la orilla de un lago profundo y quieto. Allí, en la playa de arena fina, encontró a un hombre mayor que pescaba con una red tejida de juncos. Su ropa estaba gastada y salada, y su piel era tan morena como el cuero viejo.

—Bienvenido, viajero —dijo el hombre sin apartar la vista del agua—. Soy Ameni, marinero del Nilo. Una vez navegué tan lejos que llegué a una isla donde nadie había estado antes.

Khaemwaset se sintió intrigado. Se sentó cerca del viejo marinero y preguntó:

—¿Qué encontraste en esa isla?

—Encontré una serpiente gigante —respondió Ameni, y su voz se llenó de misterio—. Tan grande como el río mismo, con escamas que brillaban como el cielo nocturno. Al principio, tuve miedo. Creí que me atacaría. Pero la serpiente no era malvada. Era Apofis, la antigua serpiente del caos. Pero en esa isla, lejos del cielo donde lucha cada noche contra Ra, era diferente. Era tranquila, solitaria, sabia. Me enseñó que incluso las cosas que parecen peligrosas pueden tener un corazón bondadoso, si nos atrevemos a conocerlas.

El príncipe sintió que estas palabras guardaban un secreto especial, como si el viejo marinero estuviera compartiendo un tesoro invisible.

—¿Cómo supiste que no debías tener miedo? —preguntó Khaemwaset.

—Observé sus ojos —respondió Ameni—. Los ojos nunca mienten. Vi curiosidad, no hambre. Vi soledad, no maldad. El miedo es importante, porque nos protege. Pero la sabiduría es ver más allá del miedo, cuando es necesario.

Ameni le ofreció al príncipe una bebida refrescante de agua y dátiles, y Khaemwaset sintió renovadas sus fuerzas. Cuando se despidieron, el marinero le indicó el camino correcto hacia el templo.

La noche ya había llegado completamente. El príncipe caminaba bajo un cielo lleno de estrellas cuando vio algo que lo hizo detenerse. Una barca dorada flotaba en el aire, surcar suavemente por el cielo oscuro. Era la Barca Solar de Ra, el dios sol, que viajaba por el inframundo durante la noche, iluminando los caminos de los espíritus y guiando a los perdidos.

En ese momento, Khaemwaset se dio cuenta de que no estaba solo. Cerca de él, en el camino, una figura con cabeza de chacal lo esperaba. Era Anubis, el dios guía de las almas, guardián de los secretos del más allá, pero también protector de los viajeros en la oscuridad.

—Príncipe Khaemwaset —dijo Anubis con una voz tan suave como el viento de la noche—, has llegado al punto más peligroso de tu viaje. El templo está cerca, pero hay una última prueba. Debes elegir entre tres puertas. Una te llevará al templo. Las otras dos te perderán en el laberinto eterno. ¿Cómo elegirás?

El príncipe miró las tres puertas que Anubis le señalaba. Todas eran idénticas, talladas en piedra antigua, cada una emanando una energía diferente. Una brillaba con luz dorada. Otra emitía un frío gelido. La tercera permanecía en la más completa oscuridad.

Khaemwaset pensó en todo lo que había aprendido. La Esfinge le había enseñado que la curiosidad abre las puertas cerradas. Ameni le había mostrado que la observación revela la verdad. Y ahora estaba aquí, en la oscuridad, siendo guiado por el mismísimo Anubis.

—La tercera puerta —dijo el príncipe con seguridad—. La que está en la oscuridad. Porque he aprendido que la oscuridad no es el opuesto de la luz. Es simplemente un lugar donde la luz aún no ha llegado. Y si tengo valor para entrar, llevaré mi propia luz conmigo.

Anubis sonrió, un gesto que transformó su rostro de chacal en algo casi gentil.

—Correcto. Has aprendido la lección más importante de todas. El verdadero viaje no es hacia el templo. Es hacia adentro, hacia tu propio corazón. La oscuridad que tememos casi siempre desaparece cuando nos atrevemos a verla de frente.

El príncipe abrió la tercera puerta, y una luz suave y cálida brotó de ella. Cuando Khaemwaset cruzó el umbral, se encontró en el templo de Bastet. Las paredes estaban decoradas con pinturas de gatas sagradas, y el aire olía a flores de loto y madera de cedro. En el altar central, esperaba la Diosa Bastet misma, con su forma de gata majestuosa y ojos de oro puro.

El príncipe colocó la estatua de oro en el altar, y Bastet ronroneó suavemente. Un ronroneo que resonó como música antigua, como la canción de los hogares protegidos, de los lugares seguros, de todos los rincones del mundo donde alguien duerme sin miedo.

—Has llegado, pequeño príncipe —dijo Bastet, y su voz era como campanas lejanas—. No porque seas el más fuerte, sino porque fuiste lo suficientemente valiente para mirar a tus miedos a los ojos y preguntarle: "¿Quién eres realmente?". Esa es la verdadera magia.

Khaemwaset regresó a su hogar, y aunque su viaje había durado solo una noche, sabía que algo en su interior había cambiado para siempre. Ya no temía a la oscuridad. Sabía que en la oscuridad vivían misterios, pero también vivía la calma, el descanso, y la tranquilidad que precede a cada nuevo amanecer.

Ahora, cuando alguien en el palacio expresaba miedo por algo desconocido, el príncipe sonreía y decía: "La oscuridad es simplemente el espacio donde la curiosidad crece. No le tenemos miedo a la noche. Le damos la bienvenida, porque sabemos que cada noche trae consigo una nueva oportunidad de aprender quiénes somos realmente".

Y así, bajo la protección de Bastet, bajo la guía de Anubis, y con la sabiduría que había encontrado en su viaje, el príncipe Khaemwaset aprendió que el verdadero valor nace cuando dejamos que nuestros miedos se conviertan en maestros, en lugar de enemigos.

Cierra ahora los ojos, como lo hizo el príncipe al llegar al templo, y descansa. Porque en la oscuridad y el silencio, en ese hermoso espacio entre la vigilia y el sueño, es donde las almas encuentran su paz más profunda.

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